La representación. Entre la paradoja y la crítica
Partiendo de los planteos teóricos de Corinne Enaudeau y Judith Butler, propongo explorar cuál es la
paradoja de la representación y qué críticas admite este concepto. Esto implica abordar la
particular relación que se establece entre la presencia y la ausencia, y entre
el sujeto y el objeto.
En La paradoja de la representación (1998),
Enaudeau refiere ―como su título
adelanta― a la existencia
de una paradoja en la representación en tanto que representar es, ante
todo, la sustitución de un ausente. Dicha sustitución pretende devolver una
presencia para, no obstante, confirmar la ausencia. Aquí su transparencia:
la representación desaparece, deja de ser ella, en la medida que muestra. De
esta manera, se genera el gozo de la
eficacia que es producto del “como si” la cosa ausente estuviera ahí
presente.
Sin embargo, simultáneamente encontramos la opacidad de la representación. Esto
quiere decir que la representación únicamente se presenta a sí misma, su
presencia es sólo representación de la cosa. Cosa a la que eclipsa, suplanta y
duplica su ausencia. Ante la transparencia y la opacidad, dice Enaudeau, hay
dos opciones: el júbilo o la decepción. La representación es sombra de la cosa
o una ganancia producto del intercambio de una ausencia por algún tipo de
presencia.
La representación
es, además, un delegado en el cual se ha depositado el poder del objeto.
Este poder no reside exactamente en la imagen, como podría creerse, sino en la
aprehensión que el sujeto hace del mundo exterior con sus cinco sentidos. Es el
poder de convertir las cosas del mundo en representaciones y retener de ellas
sólo su aspecto (visible e inteligible), el eîdos, la idea (Enaudeau, 1998).
Hasta aquí todo
lo expuesto alude al vínculo de la representación con la percepción consciente.
A partir de las elaboraciones teóricas de Sigmund Freud es posible pensar en un
registro inconsciente en el que un estímulo proveniente de la realidad
exterior se imprime en el aparato psíquico. El estímulo fija a una huella mnémica, signo
del poder de estímulo de la cosa, una moción pulsional que aliena al psiquismo
a otra realidad: la realidad psíquica (Enaudeau, 1998). Estamos ya en el
terreno de lo inconsciente, pero los objetos están lejos de perder su poder.
Por el contrario, lo conservan y confirman en sus relaciones con las
fantasías, los sueños, el deseo y restos.
Entonces, la
representación no es la percepción. La percepción le precede y posibilita la huella
de lo percibido que se deposita en el inconsciente. Para el médico austríaco,
las únicas representaciones verdaderas son dos: por un lado, la imagen
visual inconsciente, cuya imagen óptica remite a la cosa y es también un
sustituto desfigurado de algún referente. Y, por otro lado, la palabra,
la forma acústica del
lenguaje que está asociada a un concepto, sin la cual no se accedería al
sentido de la cosa. El concepto,
a su vez, por su particular parentesco con el sentido, adquiere la
característica de estabilizante. Dice Enaudeau (1998): entre la palabra
y la cosa, el concepto es una terceridad que permite la identificación y la
relación mediante otros conceptos de otras cosas.
En suma: la
conformación de la consciencia se encuentra vinculada al poder del sistema
nervioso para simular el mundo exterior, para traer la presencia ante una
ausencia. La actividad simbólica, la palabra, acrecienta este
poder. Más aún, el uso que hagamos de la palabra decide el sentido, la amplitud
y las fronteras conceptuales, porque cada concepto posee un dominio y
subconceptos con dominios propios. Como lo advierte Merleau-Ponty, “lo que dice
el otro me parece pleno de sentido porque sus lagunas no están nunca donde
están las mías” (citado en
Enaudeau, 1998, p.81). Los conceptos del otro nunca tienen el mismo
aspecto que los propios, sus superficies y sus fronteras, sus dominios, son
diversos.
Filosofía, Crítica y Representación
Judith Butler (citada en Lorey, 2017) elabora una crítica al concepto
de representación y a aquellas corrientes, pertenecientes al campo de la filosofía,
que pretenden establecer una relación entre representación y copia. Dicho de
otro modo, la autora realiza un escrutinio de los límites o marcos que producen
las teorías orientadas a la comprensión reproductora de la
representación, la cual plantea que la cultura reproduce la naturaleza y,
además, cultura y naturaleza se explican a partir de una separación estricta.
La problemática mencionada se asocia, al mismo tiempo, con las teorías
del signo; es decir, con aquellas producciones teóricas que sostienen que el
signo representa la realidad o que existe algún tipo de realidad material
anterior y por fuera del lenguaje. Esta diferenciación da lugar a dos ámbitos
que sólo en apariencia admiten separación: un ámbito conformado por materia, naturaleza y ser a
priori; y otro constituido por signo representante, cultura.
Así, queda definido el ámbito de
la naturaleza y el ámbito de la
cultura en una relación directa de copia. La materia existe, es concebida
como previa a toda significación, y el ser aparece como provisto de cualidades
esenciales. Luego, el significado del signo representante tiene una
correspondencia con esta esencia previa. En consecuencia, ensayar otras interpretaciones,
plantear ambigüedades, otras explicaciones, significaciones o percepciones,
conlleva el fracaso por la misma facticidad del ser (Lorey, 2017).
La crítica que propone Butler implica tomar distancia de la
comprensión reproductora e introducir dos aspectos centrales: la dimensión
social y la distinción entre referente y significación. Para
la autora, la idea de una materia o realidad previa al lenguaje es una ilusión;
sin embargo, esto no quiere decir que no haya materia, realidad o naturaleza.
Más bien, la realidad, a la que podemos transformar e intervenir, es creada por
la representación. Esta última tiene un papel productivo en la construcción de
la realidad, donde su significado queda establecido por la relación y diferencia
con otros signos, con diversas representaciones; y no por la relación con un
referente que existe de manera previa a todo proceso de significación.
Para finalizar, pueden mencionarse algunos puntos relevantes:
En primer lugar, la paradoja y la crítica a la representación nos
confronta a otro problema: el problema de la verdad, ya sea en su
asociación con la palabra o con la idea de la existencia de una copia idéntica.
En segundo lugar, ambas ponen de relieve que lo percibido como
realidad no es un ser o un hecho inmodificable, antes bien, lo percibido es
algo construido. Incluso aquello que se nos expone en términos de un ser previo
admite el análisis de sus marcos epistemológicos; o sea, el análisis de las
producciones teóricas que constituyen y definen al ser como tal.
En este sentido, para
Butler, las concepciones e interpretaciones orientadas a explicar la existencia
de un ser previo borran de sus planteos los procesos sociohistóricos que
intervinieron en su construcción. Por consiguiente, la crítica debe
dirigirse en primera instancia a los procesos y patrones de percepción que,
como ya lo distingue Freud, guardan una relación estrecha con la conformación
del aparato psíquico.
Continuar leyendo: La representación – Parte 2: Devoción o intimidad
Enaudeau, C.
(1998). La paradoja de la representación.
www.philosophia.cl/Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.
Lorey, I. (2017). Disputas sobre el sujeto. Consecuencias teóricas
y políticas de un modelo de poder jurídico: Judith Butler. Ediciones La
Cebra.
Imagen: Ralph Steadman.
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