¿Quién puede hacer justicia? Cuerpo, historia y poder


Una balanza no es una rueda.


Creer que toda sociedad democrática está en condiciones de hacer justicia es un error. Incluso quienes, como los profesionales con formación y habilitación para brindar asesoramiento, estamos en condiciones de ejercer la profesión, ¿estamos seguros de poder responder la pregunta: qué es hacerle justicia a alguien?

Este es uno de los interrogantes que la filósofa feminista Judith Butler formula y responde en Deshacer el género (2006). Sin duda, Butler cree estar cerca de hacerle justicia a alguien al escribir, y nos compromete a pensar la justicia en un sentido amplio, como una práctica necesariamente interdisciplinaria. Se hace justicia al hablar por alguien más, cuando la voz de ese alguien no logra atravesar el cerco de las instituciones.

Este escrito intenta continuar en esa dirección: pensar, incluso, en un sistema de producción precapitalista que ya precisaba de formas de ejecución de una pena. Me refiero a la Edad Media, en términos muy generales, donde aún no existía la cárcel como institución, ni como dispositivo, ni mucho menos como sistema carcelario. La cárcel es una pena, pero no fue ni es la única forma de castigo que implica la internación o la privación de la libertad (Melossi & Pavarini, 1980).

La venganza, por ejemplo, es otra forma de establecer una pena en la sociedad precapitalista; y es no solo un acto privado, sino también una retribución. Es un fenómeno visceral que, por transformaciones sucesivas, llegará a cristalizarse en alguna categoría jurídica más acorde con las sociedades modernas (Melossi & Pavarini, 1980). No obstante, a varios autores del campo de la psicología les interesa indagar los medios o los sucesos que hacen que una conducta casi biológica dé lugar a la reflexión sobre las categorías de lo justo y lo injusto, y luego también a la actividad cognitiva de la premeditación y la planificación de un acto. Finalmente, un acto desprovisto casi por completo de angustia que, al ser percibido como retribución, alcanza también al cuerpo.

Siguiendo las elaboraciones mencionadas hasta aquí, podríamos decir que la venganza, como pena medieval, conserva ese aspecto de expiación y purificación, porque el daño no se le hace a la víctima: es la reparación de una ofensa a Dios. Pero, ¿cómo ocurre que la privación de un quantum de libertad —la ejecución misma de la pena, el encierro— logre la expiación o “limpie” la carne podrida de un cuerpo pecador? ¿Qué nos dice el placer de la venganza sobre el cuerpo? Si bien no existía tal reflexión en la Edad Media, puesto que el castigo era divino, no podemos ignorar que el cuerpo está comprometido en el castigo y la venganza.

Centremos la atención en el cuerpo y su relación con la pena. Este es el medio del que dispone la justicia divina para que la expiación ocurra o, paradójicamente, adquiera materialidad. El sufrimiento, la catarsis espiritual y la penitencia, entre otros, son formas socialmente aprobadas de la pena; en ese sentido, no existe un límite para su ejecución. ¿Cuál es la pena que permite anticipar el horror de la pena eterna por alguna falta cometida?

Por eso, la cárcel no es el medio idóneo; sin embargo, aparecen sus antecedentes: la reclusión en el monasterio, la celda, la obligación del silencio, el daño corporal, el éxtasis en el dolor…

Las preguntas que me interesan son las que se ligan a la pregunta inicial: ¿quién puede hacerle justicia a otro, tal vez distinto, tal vez odiado? ¿Cómo, del fenómeno biológico, se llega a la reflexión sobre la dualidad de lo justo y lo injusto, que aún no alcanza a ser justicia?

Antes que brindar una respuesta que cierre la problemática en elaboraciones definidas, propongo una serie de fragmentos que incluyen experiencias concretas —desde la sociedad alemana de principios del siglo XX hasta las revoluciones latinoamericanas— y reflexiones de autores que han transitado el intrincado camino que nos conduce, al menos, a la construcción de un equilibrio en los campos de la psicología, la filosofía y la política.

1

Foucault identifica ecos de la espiritualidad en una serie de técnicas de sí. Prácticas como el examen de conciencia, la dirección de conciencia, la confesión y las distintas formas de meditación fueron desplazadas del ámbito espiritual hacia esferas institucionales, judiciales y monásticas. En estos contextos, los ejercicios espirituales, concebidos originalmente como una activación de un saber espiritual, se transformaron, y esta transmutación de objetivos y valores debe ser considerada cuidadosamente para no caer en la interpretación legada del cristianismo ni de la modernidad (Foucault, 2021). Si bien la espiritualidad, la necesidad de la transformación del ser del sujeto (Foucault, 2021: 39), parece haberse separado de la filosofía, Foucault es cauto en proponerlo taxativamente. La espiritualidad ha sobrevivido o trasmutado hacia la producción de una verdad de sí mismo, a tener que decir la verdad en la confesión de sí, y con base en una jerarquización del saber que individualiza y vigila la experiencia subjetiva, pero esto no implica una transformación del ser del sujeto (Molteni, 2025, p. 76).

2

La justicia no es sólo exclusivamente una cuestión de cómo se trata a las personas o de cómo se constituyen las sociedades. También atañe a las decisiones, y a sus consecuencias: qué es una persona y qué normas sociales debe respetar y expresar para que se le asigne tal cualidad, cómo reconocemos o no a los otros seres vivientes como personas dependiendo si reconocemos o no la manifestación de una cierta norma en y a través del cuerpo del otro (Butler, 2006, p. 90).

3

Quisiera tomar como punto de partida una cuestión relacionada con el poder, con el poder de regular, un poder que determina, más o menos, lo que somos y lo que podemos ser. No me refiero solamente al poder en un sentido positivo o jurídico, sino al funcionamiento de cierto régimen regulador, un régimen que informa la ley y que también la excede. Cuando se pregunta cuáles son las condiciones de inteligibilidad mediante las cuales surge lo humano y se lo reconoce como tal, mediante las cuales algún sujeto se convierte en el sujeto del amor humano, se pregunta acerca de las condiciones de inteligibilidad que componen las normas, las prácticas, las condiciones que se han convertido en presuposiciones, y sin las cuales no podemos ni pensar sobre lo humano. […] Y no sólo porque hay leyes que rigen nuestra inteligibilidad, sino porque tenemos modos de conocimiento, modos de verdad que definen la inteligibilidad a la fuerza.

Esto es lo que Foucault denomina la política de la verdad, una política que pertenece a esas relaciones de poder que circunscriben de antemano lo que contará y lo que no contará como verdad (Butler, 2006, p. 89).

4

En brazos de la “Diosa Miseria” y amenazado más de una vez de verme obligado a claudicar, creció mi voluntad para resistir, hasta que triunfó. Debo a aquellos tiempos mi dura resistencia de hoy y la inflexibilidad de mi carácter. Pero, más que todo, doy todavía mayor valor al hecho de que aquellos años me sacaran de la vacuidad de una vida cómoda para arrojarme al mundo de la miseria y de la pobreza, donde debí conocer a aquellos por quienes lucharía después (Hitler, 2003, p.17).

5

El envenenamiento político de nuestro pueblo elimina aun de la memoria de las grandes masas todo aquello que la necesidad y los sufrimientos no hayan hecho ya.

Reflexiónese sobre lo siguiente:

En un sótano compuesto por dos habitaciones oscuras vive una familia proletaria de siete miembros. Entre los cinco hijos, supongamos que hay uno de tres años. Es ésta la edad en que la conciencia del niño recibe las primeras impresiones. Entre los más dotados se encuentran, incluso en la edad adulta, huellas del recuerdo de esa época. El espacio, demasiado estrecho para tanta gente, no ofrece condiciones favorables para la convivencia. Sólo por este motivo surgirán frecuentes riñas y disputas. Las personas no viven unas con otras, sino que se comprimen unas contra otras. Todas las divergencias, sobre todo las pequeñas, que en habitaciones espaciosas pueden resolverse en voz baja, conducen en estas condiciones a repugnantes e interminables peleas. [...] A los seis años, ya el joven conoce cosas deplorables, ante las cuales incluso un adulto sólo puede sentir horror. Envenenado moralmente, mal alimentado, con la pobre cabeza llena de piojos, ese joven “ciudadano” entra en la escuela (Hitler, 2003, p. 24).

6

¿No significa nada para la historia y la filosofía esta eterna lucha de los pueblos hispanoamericanos, esa falta supina de capacidad política e industrial que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin objeto preciso, sin que sepan por qué no pueden conseguir un día de reposo, ni qué mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que los arrastra, mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su maléfica influencia? (Sarmiento, 1999, p. 9).

7

Las revoluciones se producen en el instante en que hay una serie de contradicciones insalvables dentro de un país (Guevara, 1997, p. 34).

8

Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados; la van a escribir las masas progresistas, los intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América Latina. Lucha de masas y de ideas, epopeya que llevarán adelante nuestros pueblos maltratados y despreciados […].

La hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido, la vienen señalando con precisión también de un extremo a otro del continente. Ahora esta masa anónima, esta América de color, sombra, taciturna, que canta en todo el continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir, porque ahora, por los campos y montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad o el tráfico de las ciudades, en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos […] (Guevara, 1997, p. 334).

Lic. Agostina Uraga 


Referencias

Butler, J. (2006). Deshacer el género. Paidós.

Guevara, E. (1997). Obras completas. MACLA.

Hitler, A. (2003). Mi lucha. Jusego.

Melossi, D., & Pavarini, M. (1980). Cárcel y fábrica. Los orígenes del sistema penitenciario (siglos XVI–XIX). Siglo XXI Editores.

Molteni, E. (2025). Espiritualidad, política, crítica: Dimensiones de la resistencia en la filosofía de Michel Foucault. En M. Raffin (Dir.), Alcances y potencialidades de la noción de política en Michel Foucault (pp. 71–90). Editorial Teseo.

Sarmiento, D. (1999). Facundo. https://www.elaleph.com




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