Zutopia

Un domingo se reúnen unos
amigos. V. cuenta una anécdota sobre sus abuelos: recuerda esas tardes de su
infancia en las que jugaban al tenis. Se hace un silencio y, quizás por la
frivolidad del relato, alguien cuenta otra historia, aunque aclara rápidamente
que no es del todo verídica.
Es la historia de Julio, Pedro
y Alfredo, tres hermanos que iniciaron una disputa sin fin que llevaría a la
ruina su propia casa. Cerca de esa casa vivían también sus primos, quienes fueron
testigos de todas las peleas y discusiones, las cuales siempre comenzaban a causa de las ideas algo ambiciosas de Julio.
Ya dije que los tres hermanos
compartían una casa, y Pedro había llenado sus silencios con el canto de las
aves. Si las aves vivían allí antes que Pedro y sus hermanos, era una pregunta
fácil de responder: sí, las aves habían llegado primero, al punto de que nunca
sabían si realmente vivían en una casa o en un nido.
Era un hogar grande para ellos,
silencioso o tal vez aburrido. Entonces, un día, Julio trajo un perro. ¿Podía
convivir el perro con las aves? Pedro creía que, ante el menor descuido, el
perro se comería a alguna de ellas. También era un tema de discusión que el
perro comiera en la mesa; ¿podían compartir? A Pedro le pareció una buena idea
dividir la casa: Julio, Alfredo y el perro ocuparían una mitad, mientras que
Pedro y las aves conservarían la otra.
Otro día, Alfredo llegó con un
gato, y aquí la historia se torna confusa. ¿Era el gato más hábil que un zorro,
un perro o un ave? La casa se volvió a dividir. Ahora, tenía tres sectores, y
por un tiempo funcionó bien.
Otro día, Julio salió de paseo
por un bosque cercano y encontró las aves que su hermano aún no conocía. Las
llevó a casa. ¿A dónde pertenecían esas aves? Alfredo dijo que eran aves del
bosque. Julio pensó que el perro podría comérselas, así que se las envió a
Pedro. Para entonces, el gato de Alfredo ya se había familiarizado con las aves
del bosque y también con las aves de Pedro.
—¿No era mejor liberarse de
estos humanos? ¿Acaso las aves y los gatos no podían armar una revolución? —se
preguntaba el gato. Pero las aves de Pedro estaban en su casa, y Alfredo
insistía en que las aves del bosque regresaran al bosque. Julio se rehusaba. ¡Y
el gato qué hacía hablando con las aves! Cuando se dieron cuenta, el perro
había aprovechado el conflicto para comer lo que se servía en la mesa.
Desde la casa del lado, los
primos de Julio, Pedro y Alfredo, observaban tremendo desorden. Sin embargo, Pedro ya
había arreglado con su primo que, si el gato se entrometía, se llevaría a las
aves.
Y llegó el día. El gato
convenció a Alfredo para que discutiera con Julio sobre la organización de la
casa. Por otro lado, convenció a las aves para que hicieran una revolución y se
escaparan a otro lugar que no fuera su casa. Entre tanto desorden, el gato
disparó a Pedro en nombre de la revolución, y las aves también se mataban entre
ellas debido a las ideas locas de ese gato. Algunas volaron a la casa del primo
de Pedro y otras pudieron volver al bosque.
El dolor y los errores hicieron
que Alfredo y su gato se mudaran de allí. Julio se quedó con el perro, que, con
el tiempo, se escapó para vivir con otro de sus primos.
Julio murió mucho tiempo después, en esa misma casa que había sido motivo de alegrías y disputas. Una tarde, su corazón simplemente dejó de latir, y creemos que, al menos por unos años, fue feliz con la amistad de su perro y sus primos. Pero, ¿se lamentaba de haber llevado a casa esas aves del bosque? Alfredo murió rodeado de sus gatos, en una casona cerca del puerto. Se dice que, incluso décadas más tarde, los gatos y las aves seguían hablando de hacer una revolución.
Lic. Agostina Uraga
Imagen: Antoine de
Saint-Exupéry
Comentarios
Publicar un comentario