Netzaj: Lenguaje de nudos
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Hay una escena que se repite
una infinidad de veces en la cotidianidad de M. y Y., al estilo de un laberinto
borgiano. Después de las 18:00 h, ambos llegan al hall del edificio en el que
viven. Y. entra por una de las puertas laterales que da a la cochera, ubicada
en un extremo. En cambio, M. accede por la puerta principal, en el extremo
opuesto, que da a la calle, y atraviesa todo el pasillo para tomar el ascensor
que está enfrente de la puerta de la cochera. Por su parte, Y. atraviesa todo
el pasillo para tomar el ascensor que está frente a la puerta principal. Ambos
entran al mismo tiempo, ya que sus horarios de llegada, en general, coinciden.
Para Y., “después de las 18:00 h” significa que aparece una estrella en el
cielo… o algo así. Para M., significa que terminó la jornada laboral.
Ambos abren la puerta al mismo
tiempo, atraviesan el pasillo hacia el extremo opuesto, donde cada uno toma su
ascensor. Cuando se cruzan, se dicen “hola”, la única palabra que han
intercambiado durante años. En cada extremo, esperan su ascensor. Casi siempre
llega primero el de Y., que siempre tiene su ritual: abre la puerta, mira a M.
y espera que ella gire, lo vea, y entonces se despida de algún modo, con algún
gesto. Cuando M. lo mira, casi siempre piensa en lo mismo, en esa sombra que se
resume en algunas preguntas: ¿España? ¿Medio Oriente? ¿O ambos? M. cree que Y.
es demasiado educado, pero sus gestos tienen cierta espontaneidad; tal vez sea
de otra época. A veces, M. se despide; a veces, no recuerda. Lleva tiempo
aprenderse los rituales del otro. Y es que, también, ¿a qué vida conduce cada
ascensor?
A M. le parece extraña la
repetición sin variación, el hecho de que siempre se encuentren a solas, cerca
del mismo horario. Cuando sucede ese pequeño ritual, podría ser diferente cada
vez, pero es siempre igual: un ritual de miradas y saludos, de los olores de la
jornada laboral y de la confortabilidad.
Con el tiempo, M. sabe a qué
piso va Y., que el ascensor abre directo a su departamento, donde vive con sus
hermanos y sus padres, que tal vez no sea su residencia permanente. Fingiendo
cierta indiferencia, Y. le ha mostrado dónde guarda la llave de su departamento.
Ella piensa que podría repetir el ritual de Y. de memoria e incluso rumiar alguna
oración y bendecir la puerta de su casa antes de ingresar. Aunque conoce ese
micromundo, también se pregunta para qué o por qué. ¿Para qué sirven los rituales de
otro mundo y por qué nos presentamos mediante ellos ante otro, que más que un
semejante es una sombra o un opuesto? ¿Qué se hace con lo que se sabe?
Después de un tiempo, Y. repite
la secuencia, pero ahora suben al mismo ascensor. M. está rodeada por lo que es
diferente, ya que en el mismo ascensor casi nunca están solos. Es un espacio
más pequeño, rodeados por espejos que duplican imágenes al infinito. Y. se
mira en uno de los espejos mientras se arregla. "Otro ritual", piensa M., porque
se repite cada vez. ¿Reafirma su imagen?, se pregunta M.
Es un ritual en el que algo se
desplaza, entre lo imaginario y las pocas palabras que intercambian. M. siente cómo predomina algo de la pasividad y la virilidad, un juego de alternancia
entre esas dos cualidades que Y. actúa muy bien para ella. Con el tiempo, se
pregunta cómo accede un hombre a la pasividad para habilitar el deseo o el
encuentro sexual. Digo que en los hombres la pasividad puede ser una forma de
acceder al encuentro sexual o al inicio de la agresividad. ¿En qué momento se
decide y bifurca este camino? Seguramente hace muchos años, en la infancia.
M. se dedica a mirar, ¿quién
puede hacer otra cosa frente al acting?, cómo Y. pasa por un camino, luego a
otro, desplegando un juego de alternancias, siempre bajo la ley de jamás ser
tocado, de la prohibición del tacto y del encuentro sexual. Eso ya estaba
garantizado desde el principio y quizá era el único sentido compartido. Cuando
el acting se hacía frente a un espejo, ¿qué más podía hacer M. sino mirar por
una vía indirecta? Esa era la mejor forma de ver y observar, alternando la
avidez del deseo y el ingenio.
Lic. Agostina Uraga
Imagen: El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli
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