Netzaj: Lenguaje de nudos


«No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.»

Borges

Hay una escena que se repite una infinidad de veces en la cotidianidad de M. y Y., al estilo de un laberinto borgiano. Después de las 18:00 h, ambos llegan al hall del edificio en el que viven. Y. entra por una de las puertas laterales que da a la cochera, ubicada en un extremo. En cambio, M. accede por la puerta principal, en el extremo opuesto, que da a la calle, y atraviesa todo el pasillo para tomar el ascensor que está enfrente de la puerta de la cochera. Por su parte, Y. atraviesa todo el pasillo para tomar el ascensor que está frente a la puerta principal. Ambos entran al mismo tiempo, ya que sus horarios de llegada, en general, coinciden. Para Y., “después de las 18:00 h” significa que aparece una estrella en el cielo… o algo así. Para M., significa que terminó la jornada laboral.

Ambos abren la puerta al mismo tiempo, atraviesan el pasillo hacia el extremo opuesto, donde cada uno toma su ascensor. Cuando se cruzan, se dicen “hola”, la única palabra que han intercambiado durante años. En cada extremo, esperan su ascensor. Casi siempre llega primero el de Y., que siempre tiene su ritual: abre la puerta, mira a M. y espera que ella gire, lo vea, y entonces se despida de algún modo, con algún gesto. Cuando M. lo mira, casi siempre piensa en lo mismo, en esa sombra que se resume en algunas preguntas: ¿España? ¿Medio Oriente? ¿O ambos? M. cree que Y. es demasiado educado, pero sus gestos tienen cierta espontaneidad; tal vez sea de otra época. A veces, M. se despide; a veces, no recuerda. Lleva tiempo aprenderse los rituales del otro. Y es que, también, ¿a qué vida conduce cada ascensor?

A M. le parece extraña la repetición sin variación, el hecho de que siempre se encuentren a solas, cerca del mismo horario. Cuando sucede ese pequeño ritual, podría ser diferente cada vez, pero es siempre igual: un ritual de miradas y saludos, de los olores de la jornada laboral y de la confortabilidad.

Con el tiempo, M. sabe a qué piso va Y., que el ascensor abre directo a su departamento, donde vive con sus hermanos y sus padres, que tal vez no sea su residencia permanente. Fingiendo cierta indiferencia, Y. le ha mostrado dónde guarda la llave de su departamento. Ella piensa que podría repetir el ritual de Y. de memoria e incluso rumiar alguna oración y bendecir la puerta de su casa antes de ingresar. Aunque conoce ese micromundo, también se pregunta para qué o por qué. ¿Para qué sirven los rituales de otro mundo y por qué nos presentamos mediante ellos ante otro, que más que un semejante es una sombra o un opuesto? ¿Qué se hace con lo que se sabe?

Después de un tiempo, Y. repite la secuencia, pero ahora suben al mismo ascensor. M. está rodeada por lo que es diferente, ya que en el mismo ascensor casi nunca están solos. Es un espacio más pequeño, rodeados por espejos que duplican imágenes al infinito. Y. se mira en uno de los espejos mientras se arregla. "Otro ritual", piensa M., porque se repite cada vez. ¿Reafirma su imagen?, se pregunta M.

Es un ritual en el que algo se desplaza, entre lo imaginario y las pocas palabras que intercambian. M. siente cómo predomina algo de la pasividad y la virilidad, un juego de alternancia entre esas dos cualidades que Y. actúa muy bien para ella. Con el tiempo, se pregunta cómo accede un hombre a la pasividad para habilitar el deseo o el encuentro sexual. Digo que en los hombres la pasividad puede ser una forma de acceder al encuentro sexual o al inicio de la agresividad. ¿En qué momento se decide y bifurca este camino? Seguramente hace muchos años, en la infancia.

M. se dedica a mirar, ¿quién puede hacer otra cosa frente al acting?, cómo Y. pasa por un camino, luego a otro, desplegando un juego de alternancias, siempre bajo la ley de jamás ser tocado, de la prohibición del tacto y del encuentro sexual. Eso ya estaba garantizado desde el principio y quizá era el único sentido compartido. Cuando el acting se hacía frente a un espejo, ¿qué más podía hacer M. sino mirar por una vía indirecta? Esa era la mejor forma de ver y observar, alternando la avidez del deseo y el ingenio.


Lic. Agostina Uraga


Imagen: El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli


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