Abrir una cripta

«En la misma forma que el cangrejo, el morueco, el escorpión, la balanza y el acuario pierden toda bajeza cuando aparecen como signos del zodíaco, así pueden verse sin ira los propios vicios en personajes alejados…»

Emerson


«¿Cuánto vive el hombre, por fin?

¿Vive mil años o uno solo?

¿Vive una semana o varios siglos?

¿Por cuánto tiempo muere el hombre?

¿Qué quiere decir para siempre?»

Neruda

 

1

La tarde de algún octubre de 1800 se enteraron de que habían perdido las elecciones. Sin embargo, la derrota comenzó mucho antes, cuando la ambición y los conservadurismos terminaron por cavar la herida que dividiría a ese grupo de hombres, que, aunque más idealistas que los de hoy, compartían vicios similares. La derrota se transformó en desaliento y, rápidamente, en iniciativa.

Una máquina de escribir, arma de resistencia intelectual por excelencia, algo que decir y unos lectores ávidos serían suficientes para desbordar el poder del nuevo régimen. La holgazanería también tendría su parte. La tarde de 1800 en la que el flamante político perdía su cargo, disfrutaba de su café en el bar de siempre, ajeno a la revolución que se cocía a pocos metros. En la vereda de enfrente, cruzando la plaza principal, la casa de gobierno era tomada por la fuerza, entre máquinas de escribir y cócteles Molotov.


2

¿Cuánto tiempo puede permanecer un recuerdo atrapado en la mente? ¿O cuántos años puede una idea permanecer igual, inmóvil, intocada? Hay pensamientos, aunque no sean conscientes; pensamientos inconscientes que crecen silenciosos, como una subtrama que se desarrolla a escondidas.

¿De qué tamaño es una cripta?

 

3

¿Quién consume a quién?

la idea al cuerpo,

el recuerdo de tu cuerpo al mío,

lo que fuimos a lo que somos,

lo que somos a lo que fuimos.


4

¿Por qué la Divinidad me empujaría al infierno?


5

La pérdida y la separación trajeron el sadismo. Todo lo que no éramos, era para destruir. El mundo era fácil de transformar porque era materia inerte, porque, de alguna forma, la promesa de lo que podíamos ser ya no existía. Hacia atrás no había nada, y hacia adelante sólo quedaba potencia sin dirección.

 

6

Hay un punto en el que uno sabe que aquello que cree existe en dos, en realidad pertenece a uno. Un uno social, pero uno al fin.

 

7

Por fortuna o infortunio, de una manera u otra, todas las estrellas que pueden existir en este universo viven dentro de mí.

 

8

Repasaba cada noche ese momento que el recuerdo nunca capturaba de manera idéntica. Los sucesos se desvanecían en una niebla de incertidumbre. Casi de manera involuntaria, al recuerdo le seguía la fantasía o el anhelo de repetir ese instante, y que sea diferente. 

Como una sombra silenciosa, pero con una extraña conexión, debajo de ese juego al que se entregaba casi religiosamente todas las noches, crecía en él otro pensamiento.

 

9

—Uno levanta una piedra y aparece un comunista —decía.

Nadie más lo creía. Ni los mismos comunistas (...).

—¡El día que no podamos echar el guante a las urnas antes que cuenten los votos, nos vamos al carajo! —sostenía Trueba.

—En ninguna parte del mundo han ganado los marxistas por votación popular. Se necesita por lo menos una revolución y en este país no pasan esas cosas —le replicaban.

—¡Hasta que pasan! —alegaba Trueba frenético.

—Cálmate, hombre. No vamos a permitir que eso pase —lo consolaban. El marxismo no tiene ni la menor posibilidad en América Latina. ¿No ves que no contempla el lado mágico de las cosas? Es una doctrina atea, práctica y funcional. ¡Aquí no puede tener éxito!

Ni el coronel Hurtado, que andaba viendo enemigos de la patria por todos lados, consideraba a los comunistas como un peligro. Le hizo ver en más de una oportunidad que el Partido Comunista estaba compuesto por cuatro pelagatos que no significaban nada estadísticamente y que se regían por los mandatos de Moscú con una beatería digna de mejor causa.

—Moscú queda donde el diablo perdió el poncho, Esteban. No tienen idea de lo que pasa en este país —le decía el coronel Hurtado. (Allende, 2006, p. 322)



Lic. Agostina Uraga







Referencia


Allende, I. (2006). La casa de los espíritus. Editorial Sudamericana. 


Imagen: Ralph Steadman


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