Infancia, normalidad y control: El rol estratégico de la psicología en la escolarización moderna

Explicar la mirada crítica que plantea Baquero en “Del individuo auxiliado al sujeto en situación. Algunos problemas en los usos de los enfoques socioculturales en educación” (2006) respecto del papel estratégico de la Psicología Educacional en la constitución de la escuela moderna y de la infancia normal, implica profundizar en las dimensiones sociohistóricas, políticas y conceptuales de estos tres aspectos, buscando también sus puntos de articulación.
La escuela moderna, surgida entre los siglos XIX y XX, se presenta como una metáfora del progreso. En otras palabras, constituye un dispositivo que, para algunos, formará futuros ciudadanos y, para otros, consolidará al proletariado. Es también una conquista social y un aparato de inculcación ideológica por parte de las clases dominantes. Se trata, entonces, de un proyecto social y político que involucró hechos sociales como dependencias sociopolíticas y procesos de emancipación asociados a la alfabetización masiva, ampliación de derechos, entronización de meritocracias, construcción de naciones e imposición de la cultura occidental, así como también la formación de movimientos de liberación y mecanismos de disciplinamiento (Pineau, 2001).
La escuela, con todas sus contradicciones y cuestionamientos, es una construcción social producto de la Modernidad. Parafraseando a Pineau (2001), su consolidación como forma educativa hegemónica radica en su capacidad para asumir la definición moderna de educación: un fenómeno humano, externo tanto a la realidad dada como a la divinidad, con un sujeto autocentrado, es decir, que es origen y límite del conocimiento. En otras palabras: “(…) es el proceso por el cual el hombre sale de la naturaleza y entra en la cultura” (Pineau, 2001).
En este contexto, y en articulación con los aportes de Guillain (1990), puede situarse también el surgimiento de la Psicología de la Educación, entre los siglos XIX y XX. Esta se vincula con la intención de predecir y controlar la conducta en el ámbito educativo, en consonancia con el proyecto social y político de la época. Se busca así un fundamento científico, una psicología científica que permita aplicar al campo educativo los métodos consagrados de las ciencias naturales.
En síntesis, la Psicología de la Educación se configura como una disciplina estratégica que brinda a los educadores una estructura de intervención y conocimientos especializados para la toma de decisiones (Guillain, 1990). La incorporación de esta disciplina, en tanto ciencia, exige un marco teórico desde el cual abordar e interpretar los problemas propios del campo educativo. Esto requiere tanto procesos heurísticos como mecanismos de verificación. Además, implica el desarrollo de un dispositivo institucional y la existencia de un cuerpo de especialistas con estatus e identidad profesional reconocidos por el Estado, cuya constitución responde a luchas de poder. Es fundamental que estos especialistas dominen el uso y la aplicación de técnicas propias de la disciplina.
A su vez, abordar el surgimiento de la escuela moderna en estrecha relación con la Psicología de la Educación lleva a reflexionar sobre el papel estratégico que esta última desempeñó en el proyecto de escolarización. En este sentido, y retomando la cita que inspira este trabajo, se trata de analizar el “(…) papel estratégico jugado por las prácticas psicoeducativas en los procesos de escolarización modernos, en la constitución del estatus de infancia y en la definición de criterios de normalidad/patología para (…) la clasificación de los sujetos y la constitución de circuitos diferenciados según sus capacidades” (Baquero, 2006).
En relación con estas ideas, es necesario partir de la definición del proyecto escolar como un proceso atribuido a los niños e impuesto por la cultura adulta (Baquero y Terigi, 1996). Lejos de tratarse de un hecho natural, este proceso representa un momento histórico en el que se establecen su legalidad, legitimidad y obligatoriedad, condiciones que tienen su origen en la cultura adulta. Su objetivo es producir, de manera masiva, un efecto formativo sobre la niñez, atribuyéndole a esta última connotaciones particulares.
Desde un enfoque político, la legalidad y legitimidad del proyecto escolar no surgen solamente del establecimiento de un derecho, sino que implican decisiones políticas acompañadas de discursos legitimadores —entre ellos, los de la Psicología— que sustentan prácticas institucionales en los dispositivos escolares (Baquero y Terigi, 1996). Estas prácticas apuntan a la gubernamentalidad y a la administración de la vida de los sujetos, futuros ciudadanos… o proletarios. En particular, la Psicología interviene estableciendo criterios de inclusión y exclusión, de normalidad y patología, que permiten clasificar a los estudiantes según parámetros como la capacidad intelectual, la salud mental o los criterios normativos. En este sentido, se destacan los aportes de la Psicología de las Diferencias Individuales, la Psicología del Niño y la Psicología del Aprendizaje.
Por otro lado, los aspectos éticos obligan a centrar el análisis en la escolarización como una forma de tratamiento de la niñez. Esto exige abrir la dimensión del reconocimiento del otro: los niños. La educación obligatoria y el reconocimiento de derechos implican, al mismo tiempo, una forma de violencia que se expresa en la lógica del encierro, las dinámicas asimétricas, el trabajo escolar, los logros, las sanciones, el fracaso, entre otros elementos (Baquero y Terigi, 1996). Como señala Baquero (1996), el compromiso con los derechos de la infancia debe considerar el carácter político del proyecto escolar.
En el marco de la Modernidad, los niños son concebidos como sujetos inocentes y frágiles, sin plena conciencia, que requieren tutela. Su desarrollo está ligado a la formación del ciudadano, del pueblo y del soberano (Lewkowicz, 2004).
A modo de conclusión, y en base al desarrollo realizado, puede afirmarse que las críticas de Baquero “(…) suelen apuntar a la matriz moderna, que se juzga en crisis, que sostuvo una mirada naturalizada sobre el desarrollo, las prácticas escolares y, en cierta forma, la intervención psicoeducativa” (Baquero, 2006). En definitiva, el autor busca desnaturalizar lo que se ha naturalizado y visibilizar los aspectos históricos, sociales y políticos que dieron forma tanto a la escuela moderna como a la idea de una infancia "normal". Asimismo, cuestiona la artificialidad del aprendizaje escolar, que, si bien se presenta como sustentado en prácticas científicas, muchas veces carece de fundamentos situados más allá del propio sistema educativo (Baquero y Terigi, 1996).
Lic. Agostina Uraga
Nota: El escrito es un Trabajo Práctico (editado) presentado en 2021 en el curso de Psicología Educacional de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.
Referencias
Baquero, R. (2006). Del individuo auxiliado al sujeto en situación. Algunos problemas en los usos de los enfoques socioculturales en educación. Espacios en Blanco. Revista de Educación, 16, 123–151. Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=384539798006
Baquero, R., & Terigi, F. (1996). En búsqueda de una unidad de análisis del aprendizaje escolar. Apuntes Pedagógicos, (2). UTE/CTERA.
Guillain, A. (1990). La psicología de la educación: 1870-1913. Políticas educativas y estrategias de intervención. European Journal of Psychology of Education, 5(1).
Lewkowicz, I. (2004). ¿Qué es la infancia? En C. Corea & I. Lewkowicz (Eds.), Pedagogía del aburrido: Escuelas destituidas, familias perplejas (s/p). Paidós.
Pineau, P. (2001). ¿Por qué triunfó la escuela? En P. Pineau, I. Dussel, & M. Caruso, La escuela moderna como máquina de educar: Tres escritos sobre un proyecto de la modernidad (s/p). Paidós.
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