La histerización del cuerpo femenino
«Lo
que cuenta en el pensamiento de los hombres no es tanto lo que han pensado sino
lo no-pensado, que desde el comienzo del juego los sistematiza, haciéndolos
para el resto del tiempo indefinidamente sensibles al lenguaje.»
Foucault
Este
escrito parte de consideraciones preliminares que permiten proponer al
psicoanálisis como práctica y como institución. Es decir, el
psicoanálisis no es una cosmovisión ni tiene actualmente el carácter
vanguardista presente en sus orígenes. Por el contrario, su praxis se encuentra
inserta en un espacio sociohistórico particular; está atravesado por el sistema
de salud y dispositivos que tienden a garantizar lo instituido en el campo
profesional de la salud mental. Siguiendo la definición de institución
de Castoriadis (1988), podemos decir que su práctica tiene relación con normas,
valores, lenguaje, herramientas, procedimientos y métodos para “hacer
individuos sociales”, participa activamente en los modos de subjetivación de
una sociedad.
Entonces, y para dar cuenta de estos planteos, propongo reflexionar sobre el diagnóstico diferencial de histeria. En ese sentido, Michel Foucault (citado en Fernández, 1993) plantea que para arribar a dicha construcción nosológica, propia del campo de la salud mental y del psicoanálisis, fue necesario que durante el siglo XVIII existiese un dispositivo de sexualidad para poner en funcionamiento un triple proceso de histerización del cuerpo de la mujer heterosexual, burguesa y europea. En primera instancia, ese proceso implicó un análisis —caracterizado por un doble movimiento de calificación y descalificación— del cuerpo femenino como saturado de sexualidad. En segundo lugar, y debido a la articulación de ese análisis con los discursos médicos y pedagógicos, el cuerpo de la mujer ingresó al ámbito de la medicina bajo el efecto de la patología histeria, que adquirió el estatus de intrínseca. Finalmente, fue puesto en relación con el cuerpo social, con el espacio familiar y con la vida de los niños. Como resultado de la histerización se obtiene una forma o una imagen: la madre, mujer nerviosa.
Este
triple proceso admite pensar algunas articulaciones con una dinámica del poder.
Una rápida examinación lleva a distinguir la presencia de un sistema de
legitimación conformado por normativas, discursos, saberes específicos y
también por mitos. Estos últimos tienen una especial importancia en la medida
que su objetivo es el disciplinamiento y el mantenimiento de una hegemonía
mediante la aplicación de mecanismos específicos de fragilización. Aquí debe
quedar claro que los mecanismos de fragilización no se ejercen sobre el
total de la población, se ejercen sobre ciertos individuos. En el proceso de
histerización formulado por Foucault pueden identificarse dos mitos: el de la
pasividad femenina y el de Mujer=Madre (Fernández,
1993).
Por
otra parte, es posible vincular a la medicina, la pedagogía y la familia
con los denominados discursos del orden. Esto equivale a decir que son
campos y/o instituciones que, apoyados en un sistema de legitimación, pueden
hacer uso de diversas formas de sanciones para garantizar lo instituido y
oponerse a nuevos sentidos organizadores, que son leídos en términos de desorden
social. Lo instituido, en este contexto, hace referencia a creaciones de significaciones,
discursos y sentidos de índole médico-morales en relación con el cuerpo
biológico femenino, tales como: la virtud del pudor, la obediencia
femenina, la inocencia que garantiza la ignorancia, la virginidad hasta el
matrimonio, la inferioridad biológica respecto del hombre (heterosexual,
burgués y europeo), entre otros. En definitiva: un magma de significaciones
imaginarias sociales que van a orientar la vida de la sociedad patriarcal,
burguesa y europea del siglo XVIII, y que llegarán hasta nuestros días en
diversos discursos y prácticas psicoanalíticas.
El proceso de histerización constituye sólo un recorte acotado —delimitado por aspectos económicos, sociales y culturales— de un contexto sociohistórico occidental más amplio. No obstante, resulta pertinente presentarlo, ya que da cuenta de la antesala necesaria para que Sigmund Freud, a finales del siglo XIX, hiciera sus primeras formulaciones teóricas sobre psicoanálisis asociadas al diagnóstico de histeria. Esas formulaciones fueron posibles en tanto existieron previamente una serie de condiciones y producciones teóricas en el ámbito médico como, por ejemplo, las realizadas por Briquet, Charcot, Kraepelin, Janet, entre otros (Fernández, 1993). Estas condiciones de posibilidad no se limitan sólo al campo de la salud mental, sino que ha sido fundamental un proceso que puso en comunicación a diversas instituciones, escuelas, saberes y prácticas.
Lic. Agostina Uraga
Este texto es un fragmento del
trabajo "Psicoanálisis, Histeria y Feminismo Espontáneo", presentado
en el curso Introducción a los Estudios de Género de la Facultad de Psicología
(UBA).
Referencias
Castoriadis,
C. (1988). Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto.
Barcelona, España: Gedisa.
Fernández,
A. M. (1993). La mujer de la ilusión. Buenos Aires, Argentina: Paidós.

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