La IVE: Madres en más, mujeres en menos
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«Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan»
Deodoro Roca
2018 fue un gran año de vida universitaria, atravesado por la toma de la facultad, los feminismos, el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) en Argentina, los memes y el macrismo. Ese año yo cursaba Grupos, o Teoría y Técnica de Grupos, como se denomina formalmente: la materia que para muchos es punto y aparte en la carrera, el antes y el después, el alfa y el omega.
Para mí fue empezar a considerar la escritura como algo más: ligada a absolutamente nada y, sin embargo, como una práctica que, de algún modo que no lograba explicar, me devolvía identidad. Escribí muchas veces en horario laboral, entre tarea y tarea, al principio. Después reduje todas las actividades a tres horas, para que el resto de la jornada pudiera dedicarme a leer y escribir. Fue en esas horas de bullicio laboral y concentración plena que logré lo que considero mis primeros textos decentes, dignos de una estudiante universitaria, a la altura de su época… ¿quizás?
Este es uno de esos escritos, redactado en el marco de un trabajo práctico para la materia en cuestión, centrado en el tema del aborto, fraguado bajo los acontecimientos sociales y la movilización de miles de pibas y pibes que se juntaron por esos días en el Congreso con pañuelos verdes. Elegí republicar un breve fragmento, que aborda el subtema del mito de la maternidad, inspirado en el libro de Ana María Fernández, La mujer de la ilusión (1993).
Pensar la maternidad en nuestros tiempos, y al calor de la reciente media sanción de la ley de aborto legal, seguro y gratuito —o interrupción voluntaria del embarazo—, supone elucidar críticamente acerca de las distintas significaciones, acontecimientos e imaginarios sociales que ganan visibilidad y aquellos que la pierden. Implica preguntarse por el uso del “capital femenino” y, por qué no, por las resignificaciones de mujer, niña, adolescente y madre que operan detrás de este acontecimiento y en nuestro tiempo: a qué demanda social responde y por qué logra ganar voz y congregar a una gran parte de jóvenes, mujeres y también hombres de nuestra sociedad.
Hablar de las prácticas maternales es, sin duda alguna, hablar de fuerzas sociales que influyen no solo en las subjetividades, sino también en los cuerpos. En palabras de Ana María Fernández (1993), es hablar de “[…] un universo de significaciones imaginarias constitutivas de lo femenino y lo masculino modernos que forman parte no solo de los valores de la sociedad, sino también de la subjetividad de los hombres y las mujeres […]” (p. 162).
Hace no muchos años, ser mujer era sinónimo de ser madre: madre que renunciaba, casi por mandato social, al erotismo, a la agresividad e incluso abandonaba el ámbito productivo —y a veces también el educativo— en pos de la crianza de hijos que, cuanto más numerosos, más realzaban esa cualidad de “buena madre” y que, por sobre todo, daban cuenta de su “realización” como mujer. Mitos y valoraciones sociales de una maternidad que parece empezar a quedar atrás en el tiempo… o que persiste, pero entra en pugna con la emergencia de nuevas valoraciones.
Aquí cabe preguntarse, a partir de la legalización del aborto, qué nuevos inhibidores y movilizadores se están gestando y cómo van configurando la práctica —o no práctica— de la maternidad; qué parámetros de significación individual de dicha función surgen en relación con el vislumbre de una sociedad que pareciera empezar a devolver cierta autonomía al cuerpo de la mujer. Preguntas que permiten acercarnos a una elucidación crítica y que, tal vez, solo podremos responder a posteriori de los acontecimientos.
Seguramente ello posibilitará nuevas prácticas individuales, familiares y sociales, tanto en lo público como en lo privado. Nuevos rumbos para una mujer que ha sabido encontrar, en los últimos tiempos —mediante diversas luchas de poder—, un lugar en la sociedad que la desligue de su función “natural”, de su función netamente maternal; y también nuevos rumbos para un hombre que, con mayor o menor aceptación, ha sabido ser parte de cambios sociales que generan condiciones para una mayor igualdad.
Auguro nuevas significaciones que alcancen no solo la práctica de la sexualidad, la salud y la maternidad, sino que puedan abarcar y transformar innumerables prácticas y discursos sociales… y, como dice Ana María Fernández, hasta la subjetividad misma del amor.
El mito Mujer = Madre mantiene aún cierta vigencia en tanto capacidad organizadora de lo social, pero su impacto es distinto en los diversos estratos sociales. Aquí, otra vez, encontramos un nuevo punto de alcance de la legalización del aborto —y también de la maternidad—, ya que las significaciones sociales varían según la clase social, la edad, el rango etario, las posibilidades de elegir y las prácticas a las que cada ciudadano y ciudadana tiene acceso.
Lo que se transmite de una generación a otra, así como el acceso a la información y a la formación, quedan vinculados a la posición ocupada en el espacio social, según los capitales que se posean en el presente y la herencia social. Dicha posición constituye las condiciones sociales de existencia, que dan lugar a distintos hábitos, gustos, prácticas y estilos de vida. La ubicación no viene dada por las “valías” de las personas, sino que está determinada, en cierto sentido, por la trayectoria seguida por su familia, por el estrato social y por la cultura.
Esa diferencia va generando discursos particulares a partir de los cuales las mujeres significan sus prácticas y, a la vez, con los cuales son juzgadas y fragilizadas por el entorno más cercano, e incluso por el propio Estado, el mercado y el ámbito de la salud. Por fragilizar se entiende a todas aquellas estrategias biopolíticas que buscan regular los cuerpos y, en este caso puntual, la maternidad y el aborto; estrategias que, a su vez, instauran paradojas y contradicciones del orden de lo ético y lo moral, conflictos internos en el sujeto, angustia y, en más de una oportunidad, múltiples operatorias de culpabilización.
Como bien lo expresa Fernández (2005), es distinto un aborto en los sectores medios y medios-altos porque —a diferencia de los sectores desfavorecidos— no ponen en riesgo la vida. Vemos cómo las formas de fragilizar llegan a adquirir también su tinte particular y su grado de sigilosidad según los contextos.
En este sentido, hablar de maternidad o aborto no debería pensarse como una dicotomía más, sino que la maternidad-paternidad debería concebirse como una posibilidad entre tantas formas de realización personal, y no solo de la mujer. Siguiendo los desarrollos teóricos de la autora, la maternidad debe implicar la posibilidad y la autonomía en la elección: poder decidir y planificar el cómo, cuándo y con quién tener un hijo. Es decir, una planificación familiar que pueda estar garantizada, por un lado, desde el Estado y desde los sectores públicos y privados de salud, cuyo alcance sea también —y tal vez principalmente— el de los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad, donde las instituciones puedan generar redes de sostén y asistencia a mujeres o personas gestantes que hoy mueren en el desamparo por prácticas abortivas clandestinas.
Por otro lado, se requiere un tipo particular de subjetividad cuya construcción no depende exclusivamente del psiquismo, sino de estas condiciones de posibilidad sociohistóricas. Podría ser que todo ello esté gestando un nuevo mito, un nuevo conjunto de creencias que opere como un nuevo organizador social, cuya estructura —como ya sabemos— nunca será simétrica ni equidistante de los ideales que pusieron en marcha las incansables movilizaciones de las mujeres de nuestra sociedad en los últimos años.
Quede, quizás, un debate pendiente en las calles, en el aula y al interior de cada familia, de cada hombre de nuestra sociedad, con respecto a la maternidad-paternidad. Porque, después de todo, resulta casi imposible decir mujer sin referenciar hombre, padre, hermano, hijo, amigo, jefe, etc.; referencias que hasta hoy se escriben con las palabras y significantes que elige el patriarcado.
Actúan también procesos de fragilización en el caso de adolescentes de clase media o media alta que opten por la paternidad: fragilización por parte de su entorno próximo, que presentará al futuro hijo como un obstáculo, porque como “hombre” es probable que le deparen ocupaciones “más importantes que la crianza”; sospechas con respecto a la autenticidad de la paternidad; la idea de que “han querido casarlo o cazarlo”. Es ahora un adolescente o joven que debe actuar como adulto en medio de un contexto que siembra dudas e incertidumbres.
¿Cuál es el grado de decisión que puede llegar a tener el hombre sobre el embarazo? ¿Dónde termina su libertad y dónde empieza a decidir sobre el cuerpo de la mujer? ¿Qué papel empieza a tener hoy el hombre en el contexto de la crianza?
Nuevas significaciones de la mujer llevarán, sin duda alguna, a nuevas significaciones del hombre, donde decir madre no implique negar los espacios, las responsabilidades, las ternuras, los saberes y tantas otras particularidades de ser padre.
Lic. Agostina Uraga
Continuar leyendo: La histerización del cuerpo femenino
Referencias
Fernández, A. M. (1993). Madres en más, mujeres en menos: Los mitos sociales de la maternidad. En La mujer de la ilusión. Buenos Aires: Paidós.
Fernández, A. M., & Tajer, D. (2005). Los abortos y sus significaciones imaginarias: Dispositivos políticos sobre los cuerpos de las mujeres. En S. Checa (Comp.), Realidades y coyunturas del aborto: Entre el derecho y la necesidad. Buenos Aires: Paidós.
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